Capítulo XVII
LA ESCUELA DEL CARÁCTER
Desconcertado, rechazado, cercenado, restringido, Lutero hizo lo que pudo. El testimonio más impremeditado y dramático de sus principios fue su propio matrimonio. Si no podía reformar a toda la cristiandad, por lo menos podía establecer la rectoría protestante y así lo hizo. Él no había pensado en tal cosa, y cuando los monjes empezaron a casarse durante su estancia en el Wartburg, exclamó: «¡Cielos!, ¡no me darán a mí una esposa!» Después del acontecimiento dijo que si en Worms alguien le hubiera dicho que en seis años estaría casado, no lo hubiera creído.
Pero de su enseñanza surgió una situación práctica que le obligó a cambiar de opinión. No sólo los monjes sino también las monjas estaban abandonando los claustros. Algunas hermanas de una aldea vecina buscaron su consejo con respecto a lo que debían hacer toda vez que se habían vuelto evangélicas. Lutero tomó sobre sí la responsabilidad de arreglar su huida. Esto era audaz porque la abducción de monjas era una ofensa capital, y el duque Jorge exigía el cumplimiento de la pena. Federico el Sabio podría no ser tan severo, pero no gustaba de la violación abierta a la ley. Lutero logró clandestinamente la ayuda de un respetable burgués de Torgau, Leonardo Kopp, de setenta años, un mercader que de tiempo en tiempo entregaba barriles de arenques al convento. En la víspera de la Resurrección, en 1523, éste cargó en su carro cubierto a doce monjas como si fueran barriles vacíos. Tres de ellas volvieron a sus propios hogares. Las nueve restantes llegaron a Wittemberg. Un estudiante informaba a un amigo: «Acaba de llegar a la ciudad una carrada de vírgenes vestales, más deseosas de casarse que de vivir. Que Dios les conceda maridos, antes que les suceda algo peor.»
Lutero se sintió responsable de encontrarles a todas ellas un hogar, un marido o alguna colocación. Un caso podía resolverse fácilmente casándose él con una. Como alguien se lo sugiriera, su comentario fue, el 30 de noviembre de 1524, que no tenía tales intenciones, no porque fuese una piedra sin sexo, ni porque fuera hostil al matrimonio, sino porque diariamente esperaba sufrir la muerte de un hereje. Cinco meses después Spalatin aparentemente había repetido la sugestión. Él le contestó:
En cuanto a lo que escribís acerca de mi casamiento, no os sorprendáis de que no me case yo, que soy un amante tan famoso. Más sorprendente es que yo, que escribo tanto acerca del matrimonio y debo ocuparme de las mujeres, no me haya transformado en mujer ya hace mucho tiempo; mucho menos, que me case con una. Aunque si queréis mi ejemplo, lo tenéis en abundancia. Yo tenía tres mujeres a la vez y las he amado tanto que perdí dos, que se casaron con otros maridos. A la tercera apenas la mantengo con mi mano izquierda, y también ella seguramente me será quitada pronto. Pero vos sois el amante tímido que no osa casarse ni con una.
La jocosa referencia a las tres esposas era, por supuesto, a las tres últimas monjas que esperaban ser colocadas.
Catalina von Bora
Por fin todas fueron colocadas, menos una, Catalina von Bora. Dos años después de su huida se hallaba todavía en el servicio doméstico, en donde incidentalmente recibía una excelente educación, pero esperaba una solución mejor y había sido destinada a un joven patricio de Nuremberg, que estudiaba en Wittemberg. Al volver a su casa, su familia presumiblemente puso objeciones a este casamiento. Catalina estaba desconsolada y pidió a Lutero que averiguara cómo estaban las cosas. El resultado fue que el joven de Nuremberg se casó con otra. Entonces Lutero le eligió cierto doctor Glatz, a quien debía aceptar sin condiciones. Pero la posición de Catalina era delicada. Ella bien sabía que todo el asunto había sido una prueba doble para Lutero porque había caído en medio de la Guerra de los Campesinos, y su caso había sido el más prolongado. En esos días de matrimonios tempranos, una joven de veintiséis años podía empezar a considerarse desahuciada. En su turbación, Catalina solicitó los buenos oficios de un visitante de Wittemberg, el doctor Amsdorf de Magdeburgo. ¿Sería tan amable de decirle a Lutero que no podía sufrir a Glatz? Pero ella no era irrazonable: se casaría con Amsdorf mismo o con el propio Lutero. Nombraba a estos dos posiblemente porque estaban fuera de cuestión, ya que habían pasado la edad acostumbrada para el matrimonio. Lutero tenía treinta y tres años.
Él no tomó en serio la sugestión hasta que fue a su hogar a visitar a sus padres. Lo que él probablemente relató como un gran chiste, su padre lo tomó como una proposición realista. Su deseo era que su hijo perpetuara su nombre. La sugestión empezó a hacerse plausible a Lutero por una razón muy distinta. Si iba a ser quemado en la hoguera dentro de un año, apenas si era la persona indicada para fundar una familia. Pero con el matrimonio podía a la vez dar una posición a Catalina y un testimonio de su fe. En mayo de 1525 insinuó que se casaría con ella antes de morir. Y a principios de junio, cuando Alberto de Maguncia contemplaba la posibilidad de secularizar su obispado según el ejemplo de su primo de Brandemburgo, Lutero escribió: «Si mi matrimonio ha de fortalecerlo, estoy dispuesto. Creo en el matrimonio y tengo la intención de casarme antes de morir, aun cuando sean unos esponsales como los de José.» No fue un casamiento por amor. «No estoy infatuado -decía Lutero-, aunque tengo afecto a mi mujer.» En otra oportunidad declaraba: «No cambiaría a Catalina por Francia o por Venecia, porque Dios me la ha dado a mí y otras mujeres tienen peores defectos.» Resumiendo, daba tres razones para su matrimonio: complacer a su padre, provocar al papa y al demonio, y sellar su testimonio antes del martirio.
Una vez tomada la resolución, el matrimonio provocó rápidamente hirientes rumores y protestas. «Todos mis mejores amigos -decía Lutero- exclamaban: ‘¡Por el amor de Dios, con ésta no!'» Un jurista predijo que «el mundo y el demonio se reirían y que la obra de Lutero sería deshecha». Y, cosa curiosa, en esa ocasión Spalatin preguntó a Lutero qué pensaba de los noviazgos largos. Éste replicó: «No dejéis las cosas para mañana. Por demorarse, Aníbal perdió Roma. Por demorarse Esaú vendió su derecho de primogenitura. Cristo dijo: ‘Me buscaréis y no me hallaréis.» De modo que las Sagradas Escrituras, la experiencia y toda la creación atestiguan que los dones de Dios deben ser tomados al vuelo.» Esto era el diez de junio. El trece Lutero se desposaba públicamente con Catalina von Bora y, a los ojos de la ley, era con ello ya un hombre casado. La ceremonia pública que siguió fue solamente una fiesta para anunciarlo.
Este fue el acontecimiento social. Fue fijado para el 27 y Lutero envió cartas de invitación. A Spalatin: «Debéis venir a mi boda. He hecho reír a los ángeles y llorar a los demonios.» A otro: «Indudablemente os ha llegado el rumor de mi matrimonio. Apenas puedo creerlo yo mismo, pero los testigos son demasiado fuertes. La boda será el próximo jueves en presencia de mi padre y mi madre. Espero que podáis traer algunas piezas de caza y vengáis vos mismo.» A Amsdorf, el mediador de Catalina: «El rumor de mi casamiento es cierto. No puedo negar a mi padre la esperanza de una progenie, y yo tengo que confirmar mis enseñanzas en un momento en que muchos son tímidos. Espero que vendréis.» A un habitante de Nuremberg: «Mi opúsculo ha herido grandemente a los campesinos. Lo hubiera sentido si no hubiese sucedido así. Mientras yo estaba pensando en otras cosas, Dios me ha llevado repentinamente al matrimonio con Catalina. Os invito y os absuelvo de todo pensamiento de un regalo.» A Leonardo Kopp, que organizó la huida de las monjas: «Voy a casarme. Dios gusta de hacer milagros y burlarse del mundo. Debéis venir a la boda.» Cosa singular, existe una segunda invitación a Kopp, cuya autenticidad pone en duda el editor de las cartas, en la edición de Weimer. Dice así: «Voy a casarme el jueves. Mi señora Catalina y yo os invitamos a enviar un barril de la mejor cerveza de Torgau, y si no es buena tendréis que bebería toda vos.»
El día señalado, a las diez de la mañana, Lutero condujo a Catalina al son de las campanas por las calles de Wittemberg hasta la iglesia parroquial, en cuyo portal, a la vista de todo el pueblo, se celebró la ceremonia religiosa. Luego vino un banquete en el claustro agustino, y después del almuerzo un baile en el salón comunal. A la noche hubo otro banquete. A las once todos los invitados se despidieron, antes que los magistrados los enviaran a sus casas.
Vida doméstica
El matrimonio trajo muchos cambios en el modo de vivir de Lutero. «Antes de casarme no tendía la cama en todo el año y se ponía maloliente por el sudor. Pero yo trabajaba tanto y estaba tan cansado, que me tumbaba en ella sin notarlo.» Catalina limpió la casa. Había otros ajustes que hacer. «Hay muchas cosas a que irse acostumbrando en el primer año de matrimonio – reflexionaba Lutero-. Uno se despierta por la mañana y encuentra en la almohada un par de trenzas que antes no estaban allí.» Pronto descubrió que el marido debe tomar en cuenta los deseos de su mujer. Los temores y lágrimas de Catalina le hicieron abstenerse de concurrir a la boda de Spalatin, en vista del peligro de violencia de parte de los campesinos en el camino. Si bien Martín se refería jocosamente a su mujer como a «mi costilla», ella le llamaba con igual frecuencia «mi señor». A veces hacía juegos de palabras con el diminutivo Katie y lo cambiaba en alemán por Kette, que significa «cadena».
El matrimonio también trajo nuevas responsabilidades económicas, porque ninguno de ellos contaba con un céntimo. La madre de Catalina había muerto cuando ella era niña. Su padre la había entregado a un convento y vuelto a casarse. No hizo nada por ella cuando se casó. Lutero poseía solamente sus libros y sus ropas. No tenía derecho a las entradas del claustro puesto que había abandonado el hábito. Nunca sacó un céntimo de sus libros y su estipendio en la universidad no era suficiente para un matrimonio. En 1526 instaló un torno y aprendió carpintería para, en caso de necesidad, poder sostener a su familia. Pero podemos dudar de que haya tomado nunca en serio este pensamiento. Su intención era entregarse exclusivamente al servicio de la Palabra y confiaba en que el Padre Celestial proveería. El ángel Gabriel debe de haber estado bastante ocupado en hacer sugestiones a los hombres de dinero que rodeaban a Lutero. El elector cedió el claustro agustino a Lutero y su esposa, dobló su salario y frecuentemente les enviaba piezas de caza, ropas y vino. Y el arzobispo de Maguncia, Alberto de Brandemburgo, obsequió a Katie veinte florines de oro que su marido no había querido recibir.
Si bien el matrimonio trajo nuevas responsabilidades a Lutero, éstas fueron mucho mayores para Catalina. Atender una casa para un marido tan imprevisor no era tarea ligera. Lutero daba con tanta prodigalidad, que Lucas Cranach, el artista y banquero, rehusó aceptarle una letra de cambio. El comentario de Lutero fue: «No creo que pueda ser yo acusado de tacañería.» Era irritantemente jovial. «No me preocupo por las deudas -decía-, porque en cuanto Katie paga una viene otra.» Ella lo vigilaba, y necesitaba hacerlo. En una carta dice a un amigo: «Os envío un vaso como regalo de bodas. P. D.: Katie lo ha escondido.» En un punto su ayuda resultaba realmente útil: él se ocupaba del jardín, que producía lechuga, repollos, guisantes, habas, melones y pepinos. Katie cuidaba de la huerta que estaba detrás de la aldea y que les proveía de manzanas, uvas, peras, nueces y duraznos. También tenía un estanque donde pescaban con red truchas, carpas, sollos y percas. Cuidaba también de las gallinas, patos, cerdos y vacas, y ella misma los mataba. Lutero da una idea de sus actividades en una carta de 1535: «Mi señora, Katie, os manda saludos. Cultiva nuestros campos y prados y vende vacas, etcétera (¿cuánto abarca este etcétera?’). Mientras tanto ha empezado a leer la Biblia. Le he prometido 50 florines (¿de dónde esperaría conseguirlos?) si la termina para Pascua. Se ha empeñado en ello y ya está por el fin del quinto libro de Moisés.» En años posteriores adquirió una granja en Zulsdorf, que Katie manejaba, pasando allí algunas semanas del año. Lutero le escribía en tales ocasiones: «A la rica señora de Zulsdorf, la señora del Dr. Lutero, quien vive en la carne en Wittemberg pero en espíritu en Zulsdorf», y otras veces: «A mi querida esposa Catalina, la señora del doctor Lutero, señora del mercado de cerdos, castellana de Zulsdorf y todo otro título que pueda convenir a tu Gracia.»
Cuidar de él era más que tarea, ya que a menudo estaba enfermo. En uno u otro momento estaba sufriendo de gota, insomnio, catarro, hemorroides, constipación, cálculos, vértigo y zumbidos en los oídos como si tocaran todas las campanas de Halle, Leipzig, Erfurt y Wittemberg juntas. Katie era maestra en hierbas, emplastos y masajes. Su hijo Pablo, que llegó a ser médico, decía que su madre era medio médica. Cuidaba a Lutero del vino y le daba cerveza, que le servía como sedante para el insomnio y solvente para los cálculos. Y ella misma hacía fermentar la cerveza. Cuando estaba lejos del hogar, ¡cómo apreciaba Lutero sus cuidados! Después de un año de matrimonio escribía a un amigo: «Mi Katie es en todas las cosas tan amable y complaciente que no cambiaría mi pobreza por todas las riquezas de Creso.» Le tributó el más alto homenaje cuando llamó a la Epístola de San Pablo a los Gálatas «Mi Catalina von Bora». Empezó a sentirse un poco preocupado por su devoción por ella: «Doy más crédito a Catalina que a Cristo, que ha hecho mucho más por mí.»
Los hijos y las charlas de sobremesa
Pronto Katie tuvo alguien más que Lutero en quien pensar. El 21 de octubre de 1525 Lutero confiaba a un amigo: «Mi Catalina está cumpliendo el Génesis 1:28.» El 26 de mayo de 1526 escribía a otro: «Está por nacer un niño de una monja y un monje. Tal niño debe tener por padrino un gran señor. Por lo tanto, os invito. No puedo ser preciso en cuanto a la fecha.» El 8 de junio volaron las nuevas: «Mi querida Katie ha traído al mundo ayer, a las dos, por la gracia de Dios, un hijito, Hans Lutero. Debo terminar. Katie me llama.» Cuando estaban fajando al niño, Lutero decía: «Patalea, chiquillo. Eso mismo me hizo a mí el papa, pero yo me solté.» La próxima anotación en el curriculum vitae de Hans es ésta: «Hans está cortando los dientes y empezando a convertirse en una alegre molestia. Estos son los goces del matrimonio de los cuales el papa no es digno.» A la llegada de una hija, Lutero escribía a la futura madrina: «Querida señora: Dios ha hecho nacer de mí y mi esposa Catalina una pequeña pagana. Espero que queráis convertiros en su madre espiritual y ayudarnos a hacer de ella una cristiana.» En total tuvo seis hijos. Sus nombres y fechas de nacimiento son los siguientes: Hans, 7 de junio de 1526; Elizabeth, 10 de diciembre de 1527; Magdalena, 17 de diciembre de 1529; Martín, 9 de noviembre de 1531; Pablo, 28 de enero de 1533; Margarita, 17 de diciembre de 1534.
Y además de los niños estaban todos aquellos a quienes Lutero protegía. La misma noche de la boda, cuando los huéspedes se hubieron retirado a las once de la noche, apareció otro huésped, desconocido del magistrado. Era Carlstadt, que huía de la Guerra de los Campesinos y pedía amparo. Y Lutero, que tanto había hecho por hacerlo salir de Sajonia, lo llevó a su propio hogar en la noche de sus bodas. Carlstadt, por supuesto, no se quedó indefinidamente, pero llegaron otros. Y como el claustro era grande y adecuado para un hospital, también llevaban enfermos. Además, los Lutero criaron a cuatro huérfanos, hijos de parientes, aparte de los seis suyos. Para aumentar un poco sus recursos habían acudido a un método difundido en familias de profesionales: el abrir una pensión para estudiantes. La familia constaba así de veinticinco miembros.
Por supuesto, Katie no podía hacer todo el trabajo de tal establecimiento. Había sirvientes y sirvientas, pero ella tenía que vigilar todo. Tal vez lo más duro de su situación, sin embargo, era que inevitablemente la oscurecía su famoso marido. Ella lo esperaba y no se resentía por ello. Siempre lo llamaba Doctor y usaba la forma de cortesía Sie (usted) más que el familiar Du (tú). Sin embargo, a veces debe de haberse sentido un poco molesta porque él era en todo momento el centro de la conversación.
Pero no era del todo falta suya. Los estudiantes pensionistas consideraban la hora de la comida como una oportunidad para continuar su educación y se sentaban a la mesa con sus cuadernos, pura registrar cada pepita y cada terrón que salía de la voluble boca de Lutero. Katie pensaba que él debía haberles cobrado por eso. Lutero mismo se irritaba a veces, aunque nunca puso punto final a esta situación. En un sentido él era responsable por adelantarse a las candilejas. Tanto hablaba acerca de sus encuentros con Satanás, que el no haberlos experimentado hacía a los demás sentirse colocados en una categoría inferior. Pero Katie no se iba u dejar eclipsar. Un día se levantó de la mesa, se retiró a su habitación, se desvaneció, y más tarde informó que había sufrido multa perniciosa y lo anunció en latín. Desde entonces Katie subió de categoría.
Las Charlas de sobremesa de Lutero merecen ser mencionadas aunque más no sea por su gran volumen. Hay 6.596 anotaciones, y es una de sus obras mejor conocida porque sus estudiantes, después de su muerte, compilaron, clasificaron y produjeron un volumen manuable adornado con un grabado de Lutero sentado a la mesa con su familia. La clasificación oscurece la lozana profusión y la imprevisible variedad del original. Lutero se ocupaba de todo, desde la inefable majestad de Dios omnipotente hasta las ranas del Elba. Cerdos, papas, embarazo, política y proverbios se codean. Algunos ejemplos tomados al azar pueden dar una leve idea:
Los monjes son las pulgas que el diablo pone en la capa de piel de Nuestro Señor. Preguntado por qué escribía con tanta violencia, Lutero contestó: Una vara de sauce puede ser cortada con un cuchillo, pero un roble duro exige un hacha bien afilada.
Dios se vale de la sensualidad para incitar a los hombres al matrimonio, de la ambición para incitarlos a los cargos públicos, de la avaricia para incitarlos al trabajo, del temor para incitarlos a la fe.
El papa no ha dejado nada sin prohibir en cuanto al cuerpo y alma del hombre, excepto (con perdón sea dicho) el trasero.
La imprenta es el último y supremo don de Dios, por el cual quiere divulgar la verdadera religión en todo el mundo.
Soy un sostén del papa; después de mi muerte lo va a pasar peor.
A los pájaros les falta fe; porque ellos no creen que de todo corazón les permito vivir en mi huerto; del mismo modo no creemos que Dios tiene las mejores intenciones para con nosotros.
En un grabado en madera en el frontispicio de una obra de Cochlaeus, el adversario de Lutero, se veía a Lutero representado con siete cabezas. Mientras Lutero se lamentaba de que las siete cabezas no valieran un solo cuello, el joven Joaquín de Brandemburgo opinaba: «Si el doctor Lutero tiene siete cabezas será invencible, porque ni siquiera pudieron vencerlo teniendo una sola.»
Según la opinión de muchos, el mundo existirá seis mil años. En ese caso quedarían ahora, en 1532, aún 400 años. Pero Dios empieza a meter ruido; por eso es de esperar que va a reducir el tiempo. Pues los últimos diez años parecen ser un siglo entero.
Lutero jugueteando con su perro dijo: «Un perro es el animal más fiel y sería más apreciado si no fuera tan común. Dios Nuestro Señor ha hecho de los dones más grandes los más comunes.»
Un melancólico de repente pretendía ser un gallo y se paseaba cacareando. El médico dijo que a él le pasaba lo mismo y lo acompañó cacareando varios días. Pero entonces exclamó que ambos se habían transformado de nuevo en hombres. Y dio resultado.
Alemania es el cerdo del papa, que lo alimentó con orujos. Ahora tenemos que darle abundantemente tocino y salchichas. ¡Cuántas mentiras hay acerca de las reliquias de los santos! Algunos pretenden poseer una pluma del arcángel San Miguel. El obispo de Maguncia se vanagloria de poseer una llama de la zarza ardiente de Moisés. ¿Cómo pueden estar enterrados en Alemania dieciocho apóstoles si Cristo sólo tuvo doce?
Muchas veces he reflexionado sobre esto, sin llegar a saber en qué vamos a pasar el tiempo en la vida eterna, pues allá no hay cambio, trabajo, comida, bebida ni ocupaciones. Pero supongo que debe de haber mucho para mirar. Entonces Melanchton dijo con acierto: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Juan, 14:8). Esto será nuestro objeto agradable, esto nos dará bastante que hacer.
El arca de Noé tenía 300 varas de largo, 50 de ancho y 30 de alto. La historia es maravillosa e increíble si no estuviera en las Sagradas Escrituras. Yo hubiera muerto en la nave. Era oscura, sólo tres veces el tamaño de mi casa y llena de animales.
Los médicos quieren transformarme en estrella fija. Pero soy un planeta y sin regla.
Un obispo húngaro, en la guerra contra los turcos, alentaba a los soldados diciendo que quien se quedara en el sitio comería con Cristo en el cielo. Pero él mismo se escapó y un soldado dijo: «Tendrá hoy día de ayuno.»
Una vez que llovía, dijo Lutero: «Agradezcamos a Dios Nuestro Señor pues ahora nos da muchos cientos de miles de florines en valores. Ahora está lloviendo centeno, trigo, cebada, vino, repollos, cebollas, hierbas y leche. Todo esto lo tenemos por nada. Además Él nos regala su querido Hijo y el Espíritu Santo, a quien hemos de crucificar y profanar .
Yo soy hijo de un campesino; mi bisabuelo, abuelo y padre han sido verdaderos campesinos. Mi padre quería hacer de mí un burgomaestre. Él se fue a Mansfeld y se hizo minero. Yo me hice bachiller y maestro en artes. Luego me quité el birrete pardo y me hice monje, lo cual disgustó a mi padre. Luego me fui a los cabellos con el papa y me casé con una monja apóstata. ¿Quién hubiera podido leer todo esto en las estrellas?
Esta selección habla suficientemente por sí misma, pero cabe una palabra de comentario con respecto a la vulgaridad de Lutero, porque a menudo se lo presenta como un grosero desordenado y como ejemplo se citan las Charlas de sobremesa. No cabe duda de que no era melindroso, como no lo era la gente de sus días. La vida misma apestaba. No se podía caminar por Wittemberg sin tropezar con los olores de las pocilgas, la bazofia y matadero. Y aun los más elegantes no eran reticentes con los hechos de la experiencia diaria. Preguntada Katie sobre la congregación un día que Lutero no había podido asistir, replicó: «La iglesia estaba tan llena que apestaba.» «Sí -dijo Lutero-, tenían bosta en las botas.» Erasmo no vaciló en componer un coloquio en el que el carnicero y el pescadero celebran las cosas desagradables de sus respectivas mercancías. Lutero se deleitaba menos que muchos de los literatos de su época en las groserías, pero, si se lo proponía, se distinguía en ello como en cualquier otro sector del discurso. El volumen de grosería en su producción total es, sin embargo, pequeño. Sus detractores han tamizado de la pechblenda de sus noventa tomos unas pocas páginas de vulgaridad radiactiva. Pero hay volúmenes enteros que no contienen nada más ofensivo que una cita del apóstol Pablo, quien «lo había perdido todo» y lo consideraba como estiércol, por ganar a Cristo. En este punto caben unas palabras acerca de lo que Lutero bebía. Bebía como una esponja y hasta cierto punto se enorgullecía de su capacidad. Tenía un cubilete alrededor del cual había tres anillos. Decía que el primero representaba los Diez Mandamientos, el segundo el Credo de los Apóstoles y el tercero el Padrenuestro. Lutero se divertía enormemente porque era capaz de vaciar el vaso de vino hasta el Padrenuestro, mientras que su amigo Agrícola no podía ir más allá de los Diez Mandamientos. Pero no se sabe que Lutero haya pasado nunca, con la bebida, de un mero estado de hilaridad.
Puntos de vista sobre el matrimonio
Pero volvamos al matrimonio. Los Lutero, que se casaron a fin de testimoniar su fe, en realidad fundaron un verdadero hogar e hicieron más que cualquier otra persona para determinar el tono de las relaciones domésticas alemanas en los cuatro siglos siguientes. Podemos convenientemente considerar sus puntos de vista acerca del matrimonio. Aquí, como en todo lo demás, Lutero seguía los pasos de Pablo y Agustín. Su posición con respecto al matrimonio estaba enteramente teñida de patriarcalismo. Según Lutero, el hombre es la cabeza de la mujer porque fue creado primero. Ella le debe no sólo amor, sino también honra y obediencia. Él debe gobernarla con suavidad, pero es él quien gobierna. Ella tiene su propia esfera y puede hacer más con los hijos con un dedo que él con dos puños. Pero debe confinarse a su esfera. Si bien Lutero no decía que los hijos, la iglesia y la cocina son los territorios de la mujer, sí decía que las mujeres habían sido creadas con caderas anchas para que pudieran quedarse en su casa y sentarse sobre ellas. Los hijos están sujetos a los padres y especialmente al padre, quien ejerce en la familia la misma clase de autoridad que el magistrado en el Estado. La falta de respeto hacia los padres es una falta a los Diez Mandamientos. En una oportunidad Lutero se rehusó a perdonar a su hijo durante tres días, aunque el muchacho rogó su perdón y Katie y otros intercedieron. El problema residía en que el muchacho, al desobedecer al padre, había ofendido la majestad de Dios. Si Lutero hubiera podido abandonar a Dios de vez en cuando hubiera sido más humano. Pero debe recordarse que a su juicio la manzana debía estar siempre al lado de la vara.
Lutero colocó toda la institución del matrimonio dentro del marco de las relaciones familiares. No dejó lugar para el ejercicio de un individualismo sin freno. Los casamientos debían ser hechos por las familias, y aunque los padres no debían forzar a sus hijos a uniones repulsivas, los hijos a su vez no debían, por infatuaciones, resistirse a elecciones razonables de parte de sus mayores. Todo este cuadro era sacado directamente de la Edad Media, en donde el sacramentalismo católico y la sociedad agraria tendían a hacer del matrimonio una institución para la perpetuación de la familia y la preservación de las propiedades. La revolución romántica de las Cortes de Amor en Francia fue al principio extra-matrimonial, y la combinación de amor y matrimonio se efectuó solamente durante el Renacimiento.
Lutero era completamente extraño a estas corrientes. Su ideal era Rebeca, que aceptó al compañero elegido por la familia. Jacob era reprensible ante sus ojos porque después de recibir a Lía, que le diera hijos, sufrió otros siete años simplemente encaprichado por la bonita cara de Raquel. Lutero se alegraba, sin embargo, de esta caída porque ello probaba que había sido salvado por la fe y no por las obras. Pero si bien a este respecto Lutero seguía los conceptos de la Edad Media, en otros puntos rompía con ellos, y especialmente en el rechazo de la virginidad como ideal. Con esto se abría el camino para dar un tinte romántico y refinado al matrimonio. Pero su efecto inmediato fue más bien lo contrario. En las primeras polémicas de Lutero el matrimonio era reducido al más elemental nivel físico, a fin de rechazar interferencias eclesiásticas. Lutero insistía en que el intercambio sexual es tan necesario e inevitable como beber y comer. Los que no están dotados de castidad deben encontrar satisfacción a esa necesidad. Rechazarlos es preferir la fornicación al matrimonio. Pero al interpretar estas palabras debemos tener cuidado. Lutero no quería decir realmente que la castidad externa es imposible, sino simplemente que sin la satisfacción sexual muchos serán atormentados por el deseo, y por esta razón el matrimonio es un estado más puro que el monasticismo. Sin embargo, los opúsculos de controversia, hasta 1525, no cuidaron de evitar la impresión de que el único objeto del matrimonio es servir de remedio al pecado. Pero después de su propia boda cambió de acento y empezó a describir el matrimonio como una escuela para el carácter. En este sentido desplaza al monasterio, que había sido considerado por la Iglesia como el terreno formador de la virtud y el camino más seguro para llegar al cielo. Lutero, al rechazar todo lo que fuera ganarse la salvación, no excluía el ejercicio de la fortaleza, la paciencia, la caridad y la humildad. La vida familiar es agotadora. El jefe de la casa tiene la preocupación de toda la vida por el sustento diario. La esposa tiene la carga de los hijos. Durante el embarazo sufre vértigos, dolores de cabeza, náuseas, dolores de muelas e hinchazón de las piernas. En el parto el marido puede consolarla diciéndole: «Piensa, querida Greta, aun tú eres una mujer, que tu obra es agradable a Dios. Regocíjate en su voluntad. Echa al mundo al niño. Si mueres, habrá sido por una obra noble y en obediencia a Dios. Si no fueras mujer, desearías serlo para poder sufrir y morir en una obra tan preciosa y noble de Dios. La crianza de los niños es una prueba para ambos padres. A uno de los suyos decía Lutero: «Hijo, ¿qué has hecho para que yo te ame tanto? Has perturbado a toda la familia con tus chillidos.» Y cuando un chiquitín lloraba durante una hora y los padres no sabían qué hacer, observaba: «Estas son las cosas que han hecho que los padres de la Iglesia difamen el matrimonio. Pero Dios antes del último día ha devuelto al matrimonio y la magistratura su debida estimación.» La madre, por supuesto, es quien tiene que luchar con todo esto, pero a veces el padre tiene que colgar los pañales, para diversión de los vecinos. «Dejadlos que se rían. Dios y los ángeles sonríen en el cielo.»
Es claro que hay muchos disgustos entre los casados. «¡Santo Dios! -exclamaba Lutero-. ¡Cuántas molestias hay en el matrimonio! Adán ha hecho un lío con nuestra naturaleza. Pensad en todas las riñas que Adán y Eva deben de haber tenido en sus novecientos años. Eva le diría: ‘Tú comiste la manzana.’ Y Adán replicaría: ‘Tú me la diste.'»
Una vez, en la mesa, Lutero estaba explayándose a gusto, respondiendo a las preguntas de los estudiantes. En una pausa, Katie le interrumpió: «Doctor, ¿por qué no dejáis de conversar y coméis?»
-Desearía -estalló Lutero- que las mujeres repitieran el Padrenuestro antes de abrir la boca.
Los estudiantes trataron de hacerle volver al tema, pero por esa comida ya estaba fuera de combate.
En una oportunidad, Katie bien hubiera podido devolverle el cumplido. Una vez que ella rezaba en voz alta pidiendo lluvia, Lutero exclamó: «Sí, ¿por qué no, Señor? Hemos perseguido tu Palabra y matado a tus santos. Somos muy dignos de tus mercedes.»
Parte de la dificultad estaba en que el ritmo del trabajo y descanso no coincidía para Lutero y su mujer. Después de todo un día de trajín con niños, animales y sirvientes, ella deseaba conversar con un igual; y él, después de predicar cuatro veces, dar clase y conversar con estudiantes en las comidas, deseaba dejarse caer en una silla y sumergirse en un libro. Entonces Katie empezaba: «Señor Doctor, ¿el primer ministro de Prusia es el hermano del duque?»
-Toda mi vida es paciencia -decía Lutero-. Tengo que tener paciencia con el papa, los herejes, mi familia y Katie. -Pero admitía que eso le hacía bien.
Tampoco debe suponerse ni por un momento que excluyera el amor del matrimonio. Por supuesto que el cristiano debe amar a su mujer, decía Lutero. Está obligado a amar a su prójimo como a sí mismo, y su esposa es su prójimo más cercano. Por lo tanto ella debe ser su más querido amigo. Y Lutero firmaba así para Katie: Der lieb und treu (tu amado y fiel) La mayor gracia de Dios es cuando el amor persiste en el matrimonio. «El primer amor es ebriedad. Cuando pasa la intoxicación, viene el verdadero amor matrimonial.» La pareja debe estudiar todos los modos de ser agradable uno al otro. En los tiempos antiguos se daba a la novia este sano consejo: «Querida, haz que tu marido se alegre de cruzar tu umbral por la noche», y al novio: «Haz que tu mujer sienta el tener que dejarte ir.» «La vida más querida es vivir en paz y unidad con esposa piadosa, voluntaria y obediente.» «La unión de la carne no hace nada. Debe haber también unión de costumbres y espíritu.» «Katie, tienes un marido que te ama. Deja que otra sea emperatriz.»
Estando Kaite enferma, Lutero exclamaba: «¡Oh, Katie, no mueras y me abandones!»
Cuando él estuvo enfermo y pensaba que iba a morir, dijo, volviéndose a su mujer: «Mi queridísima Katie, si ésta es la voluntad de Dios, la aceptaré. Tú eres mía. Debes quedar segura de ello y mantenerte unida a la palabra de Dios. Deseaba escribir otro libro sobre el bautismo, pero se cumplirá la voluntad de Dios. Que Él cuide de ti y de Hans.»
Katie respondió: «Mi querido doctor, si es la voluntad de Dios preferiría teneros con Nuestro Señor que aquí. Pero no estoy pensando en mí ni en Hans. ¡Hay tantas personas que os necesitan! Pero no os preocupéis por nosotros. Dios cuidará de nosotros.»
Consuelos del bogar
Lutero gozaba por completo de su hogar. Una vez su colega Jonas observó que él veía la bendición de Dios en los frutos, y que por esa razón había colgado una rama de cerezo sobre su mesa. Lutero le dijo: «¿Por qué no pensáis en vuestros hijos? Están frente a vos todo el tiempo y aprenderéis de ellos más que de una rama de cerezo.» Pero no era sentimentalismo lo que Lutero esperaba que aprendiera. «¡Oh Dios amado! ¡Cómo debe de haber amado Adán a Caín y, sin embargo, éste se convirtió en el asesino de su hermano!» Mirando a su familia en 1538 observaba: «Cristo dijo que debíamos volvernos como niños para entrar en el reino de los cielos.
Dios querido, esto es demasiado. ¿Tenemos que convertirnos en tales idiotas?» Uno se pregunta si los niños alguna vez pensaron en preguntarse quién era el idiota, cuando Lutero cortó los pantalones de Hans para remendar los suyos. Sin embargo, ¿qué hijo no perdonaría de todo corazón a un padre que le escribiera una carta como ésta? El 22 de agosto de 1530 Lutero le escribía a Hans, que entonces tenía cuatro años:
Queridísimo hijo:
Me alegra saber que aprendes bien y oras mucho. Continúa así, mi muchacho, y cuando yo vuelva a casa te llevaré de la feria un lindo regalo.
Conozco un jardín hermoso y alegre. En él se pasean muchos niños vestidos con trajes dorados y recogen lindas manzanas, peras, cerezas y ciruelas; debajo de los árboles cantan, saltan y están alegres. También tienen caballitos hermosos con riendas de oro y sillas de plata. Y cuando le pregunté al hombre al que pertenece el jardín quiénes eran esos niños, me contestó: «Son los niños a quienes les gusta rezar y estudiar y que son buenos.» Le dije: «Buen hombre, yo también tengo un hijo, y su nombre es Hans Lutero. ¿No podría él también venir a este jardín y comer manzanas rosadas y peras y cabalgar en un hermoso caballito y jugar con estos niños?» Y el hombre dijo: «Si le gusta rezar y aprender y ser bueno, él también puede venir al jardín, y también Felipe y Justo [los hijos de Melanchton y Jonas]; cuando todos vengan tendrán pífanos de oro y tambores y hermosas ballestas de plata.» Y me mostró una pradera hermosa preparada para el baile. Pero era temprano y los niños no habían tomado todavía su desayuno, de modo que no pude esperar el baile. Y le dije al hombre: «Me iré en seguida y le escribiré todo esto a mi querido hijo Hans para que trabaje mucho, ore bien y sea bueno, para que él también pueda venir a este jardín. Pero tiene una tía Lena a quien querrá traer también.» «Está muy bien -me contestó-, vete y escríbele todo esto.»
De modo, pues, mi querido Hans, que debes estudiar y rezar mucho y decirles a Felipe y Justo que también lo hagan, a fin de que todos juntos puedan venir al jardín. Con esto te encomiendo a Dios. Da mis mejores recuerdos a la tía Lena y dale un beso en mi nombre.
Tu amante padre
Martín Lutero
Lutero gozaba en las festividades familiares y muy bien puede haber compuesto para Hans y Lenchen el espectáculo de Navidad Vom Himmel Hoch con su deliciosa e infantil cualidad. Igualmente encantador es este breve villancico:
Nuestro pequeño Señor, te alabamos
Por haberte dignado tomar nuestro camino.
Nacido de una doncella serás un hombre
Y todos los ángeles cantan a ti.
El Hijo del Eterno Padre yace
Acunado en un pesebre de heno.
El eterno Dios se aparece
En nuestra frágil carne y sangre y lágrima.
Lo que el globo no puede envolver
Abrigado yace en el regazo de María.
Apenas un infante, muy pequeñín,
Y, sin embargo, Señor de todo el mundo es El.
Cuando Magdalena tenía catorce años, yacía en su lecho de muerte. Lucero oraba: «¡Oh Dios, la amo tanto! Pero hágase tu voluntad.» Y volviéndose a ella: «Magdalenchen, mi pequeña, te gustaría estar con tu padre aquí, ¿pero te alegrarás de ir a tu Padre en el cielo?»
Y ella dijo: «Sí, querido padre, como Dios quiera.» Y Lutero se reprochaba porque Dios lo había bendecido como ningún obispo lo había sido en mil años, y sin embargo no podía encontrar en su corazón cómo dar gracias a Dios por ello. Katie estaba afuera, vencida por el dolor, y Lutero sostuvo a su hija en brazos mientras moría. Cuando fue enterrada dijo: «Du, liebes Lenichen, te levantarás y brillarás como las estrellas y el sol. ¡Qué extraño es saber que ella está en paz y que todo está bien, y, sin embargo, estar tan triste!»