Capítulo XXI
LA LUCHA POR LA FE
Siempre fue mucho más íntimamente personal el consejo pastoral de Lutero que sus enseñanzas o prédicas. Ni en el aula ni en el pulpito dejaba de estar presente lo personal; pero cuando el médico se dedicaba a la cura de almas, recurría casi exclusivamente a aquellas cosas que él mismo había descubierto que eran buenas para semejantes dolencias. Por esta razón, cualquier consideración de lo que él hiciera por otros con el fin de aliviar angustias espirituales debe tomar la forma de un análisis de sus propias enfermedades y de los remedios que encontrara provechosos tanto para él como para los demás.
La persistente lucha de Lutero
Para empezar, debemos reconocer de Lutero que tenía dolencias persistentes. Este hombre que había fortalecido con la fe a otros, libraba él mismo una perpetua lucha por la fe. Quizás el trastorno más grave de toda su vida se produjo en el año 1527. La recurrencia de estas depresiones nos plantea nuevamente la cuestión de si ellas no habrán tenido una base física, y esta pregunta no puede ser realmente contestada. El intento de descubrir una correlación entre sus muchas enfermedades y las crisis de desesperación ha resultado infructuoso, y no debemos olvidar a este respecto que sus dolencias espirituales ya eran agudas en el monasterio, antes de que empezaran las físicas. Es más plausible encontrarles conexión con los sucesos externos. Las crisis fueron precipitadas por un rayo, por la primera misa, y en 1527 por el choque total de los radicales unido al hecho de que Lutero estaba todavía durmiendo en su propia cama mientras que sus seguidores morían por la fe. Cuando salió del estado de shock que se apoderó de él, luchaba con el reproche que se hacía a sí mismo de estar todavía vivo. «No era digno -decía- de derramar mi sangre por Cristo como muchos de mis compañeros lo han hecho al confesar el Evangelio. Sin embargo este honor fue negado al discípulo amado, Juan Evangelista, quien escribió un libro contra el papado mucho peor que todo lo que yo he escrito.» Aunque los sucesos externos lo afectaran, la naturaleza misma de la noche oscura del alma es tal, que puede ser ocasionada por cosas intangibles. El debilitamiento físico era más a menudo el efecto que la causa de este desaliento.
El contenido de las depresiones era siempre el mismo: la pérdida de la fe en que Dios es bueno y es bueno para mí. Después de la espantosa Tribulación de 1527, Lutero escribió: «Durante más de una semana estuve a las puertas de la muerte y el infierno. Temblaba con todos mis miembros. Cristo estaba completamente perdido. Fui sacudido por la desesperación y la blasfemia de Dios.» Su agonía en los últimos años era tanto más intensa cuanto que él mismo era un médico de almas, y si la medicina que había prescrito para sí mismo y para ellas era en realidad un veneno, se le presentaba una terrible responsabilidad. El gran problema para él no era saber de dónde provenían sus depresiones, sino saber cómo vencerlas. En el curso de repetidas exposiciones sobre el tema, había elaborado una técnica para sí mismo y para sus fieles.
El primer consuelo que ofrecía era la reflexión de que son necesarios trastornos internos del espíritu para la solución válida de los genuinos problemas religiosos. Las reacciones emocionales pueden ser excesivamente agudas, pues el demonio siempre convierte un piojo en un camello. No obstante, la relación del hombre con Dios no puede ser apacible.
Si yo vivo más tiempo me gustaría escribir un libro sobre las tribulaciones, pues sin ellas ningún hombre puede comprender ni las Escrituras, ni la fe, ni el temor o el amor de Dios. Sí; aquel que no ha estado nunca sujeto a tribulaciones no conoce el significado de la esperanza.
David debe de haber sido atormentado por un demonio realmente terrible. No pudo haber tenido visiones tan profundas sin haber experimentado grandes tribulaciones.
Lutero casi llegaba a decir que una excesiva sensibilidad emocional es un modo de revelación. Los que están tan predispuestos u caer en la desesperación como a elevarse en éxtasis pueden ser capaces de mirar la realidad desde un ángulo diferente que la gente ordinaria. Sin embargo, es también un ángulo verdadero; y cuando el problema o el objeto religioso ha sido mirado así una vez, otros menos sensitivos serán capaces de mirar desde un nuevo punto ventajoso y testimoniar que la percepción es válida.
Sus depresiones
Lutero sentía que sus depresiones eran necesarias. Pero al misino tiempo eran terribles y con todos los medios trataba de evitarlas y vencerlas. Toda su vida fue una lucha contra ellas, una pelea por la fe. Este es el punto en que nos interesa Lutero tan agudamente, pues nosotros también somos abatidos y también desearíamos saber cómo atemperar nuestros desalientos. Lutero tenía dos métodos: uno era el ataque de frente, el otro un abordaje indirecto. A veces se entregaba a una lucha directa con el Demonio. Esta mise en scene particular puede divertir al lector moderno e inclinarlo a no tomar seriamente a Lutero; pero debe tenerse en cuenta que lo que el Demonio le dice a Lutero es solamente lo que uno se dice a sí mismo en momentos de introspección y, lo que es aun más significativo, solamente las dificultades menores eran referidas al Demonio. En todos los encuentros más importantes, Dios mismo era el atacante. El Demonio era en cierta medida un alivio. Lutero saboreaba, en comparación, la personificación de su enemigo en la forma de un ser a quien podía hostigar sin peligro de blasfemia. Describe con placer algunos de esos ataques:
Cuando me acuesto, el Demonio siempre me está esperando. Cuando empieza a atormentarme, le doy esta respuesta: «Demonio, ahora tengo que dormir. Dios manda que trabajemos de día y durmamos de noche. Así que vete.» Si entonces no cede y me echa en cara mis pecados, le digo: «Sí, querido, ya sé todo eso. Y conozco algunos más que has pasado por alto. Aquí hay algunos extra. Anótalos.» Si todavía insiste en acusarme, le digo con sarcasmo: «San Satanás, ruega por mí. Por supuesto que tú no has hecho nunca nada malo en tu vida. Tú solo eres santo. Vé ante Dios y obtén gracia para ti mismo. Si quieres hacerme piadoso, te digo: «Médico, cúrate a ti mismo.’ »
A veces Lutero tenía la temeridad de emprender también la lucha más grande contra Dios mismo. «Discuto mucho con Dios con gran impaciencia -decía- y le recuerdo sus promesas.» La mujer cananea era una fuente de interminable asombro y consuelo para Lutero, porque había tenido la audacia de discutir con Cristo. Cuando ella le pidió que viniera a curar a su hija, él le respondió que no había sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel, y que no estaba bien tomar el pan de los hijos y dárselo a los perros. Ella no discutió su juicio; admitió que era un perro. Pidió nada más que lo que corresponde a los perros; lamer las migajas que caen de la mesa de los hijos. Tomó a Cristo con sus propias palabras. Entonces Él no la trató como un perro sino como a un hijo de Israel.
Todo esto está escrito para nuestro consuelo, para que podamos ver cómo esconde Dios su faz y que no debemos proceder de acuerdo con nuestros sentimientos, sino de acuerdo con su Palabra. Todas las respuestas de Cristo parecían un no, pero él no quería decir no. No había dicho que ella no era de la casa de Israel. No había dicho que ella era un perro. No había dicho que no. Sin embargo, todas sus respuestas parecían más negativas que afirmativas. Esto muestra cómo nuestro corazón cae en la desesperación. No ve nada más que una clara negativa. Por eso es necesario volverse al sí profundamente escondido bajo el no, y atenerse con fe firme a la palabra de Dios.
El camino indirecto
A veces, sin embargo, Lutero aconsejaba no intentar abrirse camino luchando. «No discutáis con el diablo -solía decir-. Él tiene cinco mil años de experiencia. Ha probado todas las artimañas con Adán, Abraham y David y conoce exactamente los puntos débiles.» Además, es persistente. Si no consigue abatiros en el primer asalto, empezará un verdadero sitio de atrición hasta que os deis por vencidos de puro agotados. Lo mejor es alejar todo el asunto. Buscad compañía y discutid algún asunto irrelevante, como, por ejemplo, lo que está sucediendo en Venecia. Huid de la soledad. «Las dificultades empezaron para Eva mientras caminaba sola en el jardín. Yo he sufrido mis peores tentaciones cuando estaba solo.» Buscad algún hermano cristiano, algún sabio consejero. Resguardaos con la hermandad de la Iglesia. Luego, además, buscad compañía alegre, compañía femenina, convites, danzas, alegría y canto. Comed y bebed aunque el alimento sea desagradable. El ayuno es el peor expediente. Una vez Lutero dio tres reglas para disipar el abatimiento: la primera es la fe en Cristo, la segunda es encolerizarse y la tercera es el amor de una mujer. Recomienda especialmente la música. El Demonio la odia porque no puede soportar la alegría. El médico de Lutero relata que en una oportunidad llegó con unos amigos para una velada musical y encontraron a Lutero desfalleciente; pero cuando los otros empezaron a cantar, pronto fue él uno de la partida. La vida hogareña era un consuelo y una distracción. También lo era la presencia de su esposa cuando el Demonio lo asaltaba en las vigilias nocturnas. «Entonces me vuelvo a mi Katie y le digo: ‘Perdóname por tener tales tentaciones, y hazme volver de tan vanas vejaciones.'» El trabajo manual era un alivio. Una buena forma de exorcizar al Demonio, aconsejaba Lutero, es ensillar el caballo y desparramar abono por los campos. Con todos estos consejos de huir de la refriega, Lutero en cierto modo prescribía la fe como una cura para la falta de fe. Abandonar la discusión es, en sí mismo, un acto de fe semejante a la Gelassenheit de los místicos, una expresión de confianza en el poder restaurador de Dios, que actúa en el subconsciente mientras el hombre se ocupa de cosas ajenas a ello.
Esto explica por qué a Lutero le gustaba observar a los que viven gozosamente, como los pájaros y los niños. Viendo mamar a su pequeño Martín, dijo: «Hijo, tus enemigos son el papa, los obispos, el duque Jorge, Fernando y el Demonio. Y allí estás, chupando despreocupadamente.» Cuando Anastasia, que tenía entonces cuatro años, parloteaba acerca de Cristo, ángeles y cielo, Lutero dijo: «Mi querida niña, ¡si sólo pudiéramos asirnos a esa fe!»
-¡Cómo, papá! -le dijo ella-, ¿tú no lo crees? Y Lutero comentaba:
Cristo ha hecho de los niños nuestros maestros. Me entristece el que yo, a pesar de ser todo un doctor, todavía tenga que ir a la misma escuela con Hans y Magdalena, pues, ¿quién entre los hombres puede comprender el pleno significado de esta palabra de Dios: «Padre nuestro que estás en los cielos»? Quien comprende estas palabras y cree en ellas dirá a menudo: «Soy Señor de los cielos y la tierra y todo lo que hay en ellos. El ángel Gabriel es mi sirviente, Rafael es mi cochero, y los otros ángeles mis criados en cada una de mis necesidades. Mi Padre, que está en los cielos, me los envía para que no tropiece mi pie contra una piedra.» Y mientras estoy confesando esta fe, mi Padre deja que yo sea arrojado en la cárcel, sea ahogado o decapitado. Entonces la fe vacila y nuestra flaqueza nos dice al oído: «¿Y quién sabe si es verdad?
La lucha con el ángel
La sola observación de los niños no podía responder a esta pregunta. La lucha debía ser reanudada en el plano directo. Si Lutero se sentía perturbado por el estado del mundo y el estado de la Iglesia, sólo podía lograr nuevamente seguridad a través del reconocimiento de que, de hecho, la situación no era mala. A pesar de los muchos juicios pesimistas de sus últimos años, Lutero podía decir: «No tengo una visión lastimosa de nuestra Iglesia, sino más bien una visión de la Iglesia floreciendo a través de una enseñanza pura e incorrupta y aumentada con excelentes ministros día a día.»
En otros momentos la depresión era con respecto a sí mismo. Recordemos las oscilaciones de sus sentimientos en el Wartburgo, con respecto a si había sido temerario o pusilámine. La respuesta en su caso nunca podía ser que tuviera algún derecho sobre Dios, y entonces volvía siempre la cuestión de si Dios le tendría misericordia. Cuando uno es asaltado por esta duda, ¿a dónde puede uno volverse? Lutero decía que nunca se sabe adonde, pero que siempre hay algún lugar. Es inútil preguntar por el punto de partida de la teología de Lutero. Empieza por donde puede. El mismo Cristo se aparece variable, a veces como el Buen Pastor y a veces como el Juez vengativo. Si Cristo se le aparecía hostil, Lutero se volvía a Dios y recordaba el primer mandamiento: «Yo soy el Señor tu Dios.» Esta sola declaración es al mismo tiempo una promesa, y Dios debe mantener sus promesas.
En tal caso debemos decir: «Que desaparezca todo aquello en que hemos confiado, Señor. Tú solo nos das ayuda y consuelo. Tú has dicho que me ayudarías. Creo en Tu palabra. Oh, mi Dios y Señor, he escuchado de ti una palabra gozosa y consoladora. Me aferró a ella, pues sé que no me engañas. No importa cómo puedas aparecerte, cumplirás lo que has prometido, eso y nada más.»
Por otro lado, si Dios se esconde en las nubes tormentosas que ocultan la cima del Sinaí, entonces reuníos alrededor del pesebre, mirad al Niño Jesús mientras brinca en el regazo de su madre y sabed que la esperanza del mundo está allí. O si Cristo y Dios están igualmente inalcanzables, entonces mirad al firmamento de los cielos y maravillaos de la obra de Dios, que lo sostiene sin columnas. O tomad la flor más diminuta y ved en el pétalo más pequeño la obra de Dios.
Todas las ayudas externas de la religión deben ser estimadas. Lutero atribuía gran importancia a su bautismo. Cuando el Demonio lo asaltaba, respondía: «Estoy bautizado.» Asimismo en sus conflictos con los católicos y los radicales encontraba seguridad, apelando a su doctorado. Éste le daba autoridad y el derecho de hablar.
La roca de las Escrituras
Pero siempre y por sobre todo lo demás, la gran ayuda objetiva de Lutero eran las Sagradas Escrituras, porque ellas son el registro escrito de la revelación de Dios en Cristo. «La verdadera peregrinación cristiana no es ir a Roma o a Compostela, sino a los Profetas, los Salmos y los Evangelios.» Las Escrituras asumían para Lutero una importancia abrumadora, pero no principalmente como un libro fundamental para las polémicas antipapales, sino como la única base de certidumbre. Había rechazado la autoridad de los papas y los concilios, y no podía empezar desde dentro de sí como hacían los profetas del testimonio interior. La médula de su disputa con ellos era que en los momentos de abatimiento no podía encontrar dentro de sí más que absolutas tinieblas. Se hallaba completamente perdido a menos que pudiera encontrar algo externo a que asirse. Y ese algo lo encontraba en las Sagradas Escrituras.
Desde nuestro punto de vista, su actitud hacia las Escrituras carecía de sentido crítico, pero no pecaba de credulidad. Nada lo asombraba tanto en todos los relatos bíblicos como la fe de los personajes: que María creyera en la anunciación del arcángel San Gabriel; que José diera crédito al sueño que aliviaba todos sus recelos; que los pastores creyeran en la apertura del cielo y el cántico de los ángeles; que los Reyes Magos estuvieran dispuestos a ir a Belén de acuerdo con la palabra del profeta. Había tres milagros en la Natividad: que Dios se hiciera hombre, que una virgen concibiera y que María creyera. Y el mayor de todos era el último. Cuando los Reyes Magos confiaron en su propio juicio y fueron directamente a Jerusalén sin consultar la estrella, Dios la sacó de los cielos y los dejó que azorados preguntaran a Heredes, quien entonces llamó a sus sabios y éstos buscaron en las Escrituras. Y es esto lo que debemos hacer nosotros cuando perdemos de vista la estrella.
Pero es precisamente en este punto donde el itinerario de Lutero empieza a escapársenos. Podemos seguirlo bastante bien en la descripción de sus angustias. Pero cuando nos ofrece esta salida, nos desilusiona. ¿Debemos abandonarlo ahora como a un Virgilio en el Purgatorio y buscar en otro la Beatriz que pueda conducirnos al Paraíso? Quizás una palabra de Lutero pueda ayudarnos, después de todo, pues él declaraba que el Evangelio no es tanto un milagro como una maravilla, non miracula sed, mirabilia. No hay mejor manera de sentir la maravilla que tomar a Lutero como guía. Dejemos que él nos describa, con todo su poder y penetración, las desesperaciones espirituales de los personajes bíblicos y la forma en que pudieron encontrar la mano del Señor. Ya hemos visto un ejemplo en el caso de su comentario de Jonás. Como otra ilustración tomemos su descripción del sacrificio de Isaac por Abraham. Salvo la suposición inicial de que Dios ordenó el sacrificio y que el ángel intervino al final, todo lo demás es el relato de una lucha interna eme no es difícil de transformar en la historia de una visión que nace o una revelación que se despliega. Escuchemos cómo expone Lutero el relato:
Dios había dicho a Abraham que debía sacrificar al que era hijo de su vejez por un milagro, la simiente a través de la debía convertirse en padre de reyes y de una gran nación, Abraham se demudó. No sólo porque perdería a su hijo sino bien porque Dios se presentaba como un mentiroso. Él le había dicho: «En Isaac te será llamada descendencia», y ahora decía: «Mata a Isaac.» ¿Quién no odiaría a un Dios tan cruel y contradictorio? ¡Cómo deseaba Abraham hablar de esto con alguien! ¿No podría decírselo a Sara? Pero él sabía bien que si lo mencionaba a cualquiera lo disuadirían y le impedirían cumplir el mandato. El lugar destinado para el sacrificio, el Monte Moría, se hallaba a cierta distancia, «y Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno y tomó dos mozos suyos, y a Isaac su hijo, y cortó leña para el holocausto». Abraham no dejó en manos de otro la tarea de ensillar el asno. Él mismo cargó el animal con la leña para el holocausto. Todo el tiempo iba pensando que esos leños consumirían a su hijo, su única esperanza de descendencia. Con esos mismos leños que él estaba juntando sería quemado el muchacho. En situación tan terrible, ¿no debería tomarse tiempo para reflexionar? ¿No podría decírselo a Sara a pesar de todo? ¡Cuántas lágrimas interiores lloró! Cinchó el asno y estaba tan ensimismado que apenas si sabía lo que hacía.
Tomó a dos criados y a Isaac su hijo. En ese momento todo moría en él: Sara, su familia, su hogar, Isaac. Esto es lo que significa vestirse de cilicio y sentarse en cenizas. Si hubiera sabido que era solamente una prueba, no la hubiera intentado. Tal es la naturaleza de nuestras pruebas, que mientras duran no podemos ver el final. «Al tercer día alzó Abraham su vista y vio el lugar de lejos.» ¡Qué batalla había sostenido en esos tres días! Allí dejó Abraham a los criados y al asno, echó la leña sobre los hombros de Isaac y él mismo tomó la antorcha y el cuchillo del sacrificio. Todo el tiempo iba pensando: «Oh, Isaac, ¡si tú supieras! ¡Si tu madre supiera que vas a ser sacrificado!» «Y fueron ambos juntos.» Nadie en el mundo puede saber lo que allí pasó. Ambos marchaban juntos. ¿Quiénes? El padre y su amadísimo hijo, uno sin saber lo que le esperaba pero dispuesto a obedecer, el otro seguro de que debía reducir a cenizas a su hijo. «Entonces habló Isaac a Abraham su padre y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero?» Le llamaba padre y se preocupaba de que hubiera olvidado algo, y respondió Abraham: «Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío.»
Cuando llegaron al monte, Abraham erigió el altar y puso sobre él la leña, y entonces se vio obligado a decirlo todo a Isaac El muchacho quedó estupefacto. Debe de haber protestado: «¿Has olvidado que soy el hijo de Sara por un milagro de su vejez; que a través de mí se te ha prometido descendencia, ser el padre de reyes y de una gran nación?» Y Abraham debe de haber contestado que Dios cumpliría sus promesas aun con las cenizas. Entonces Abraham lo ató y lo puso sobre la leña. El padre levantó el cuchillo. El muchacho le ofreció su garganta. Si Dios hubiera dormido un instante, el joven hubiera sido muerto. Ni siquiera con la mente yo me siento capaz de según mirando esa escena. El joven era como un cordero para el sacrificio. Jamás en la historia se ha visto tal obediencia, excepto la de Cristo. Mas Dios estaba vigilando, y con él todos los ángeles. El padre toma el cuchillo; el joven no se mueve. Entonces llamó el ángel «¡Abraham, Abraham!» Mira cómo está cerca la divina majestad en la hora de la muerte. Nosotros decimos: «En medio de la vida estamos cercados por la muerte.» Mas Dios responde: «No, en medio de la muerte viviréis.»
Lutero leyó una vez esta historia en una devoción familiar. Cuando hubo terminado, Katie dijo:
-No lo creo. Dios no hubiera tratado así a su hijo. -Pero Katie -respondió Lutero-, sí que lo hizo.
Escuchemos también cómo describe Lutero la Pasión de Cristo. La narración es colocada en un plano más humano. Se nos recuerda que la muerte de Cristo fue aun más terrible porque fue una ejecución. Esto significa la muerte en un momento conocido de antemano, para quien se da plena cuenta de lo que ello implica. En la vejez, el ángel de la muerte a menudo pliega sus alas y nos permite deslizamos apaciblemente. Jesús fue la muerte en plena posesión de sus facultades. Sufría aun más que los malhechores. Un ladrón era simplemente crucificado, pero no injuriado al mismo tiempo. A Cristo se le escarnecía: «Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz.» Que era como decir: «Dios es justo. Él no ha de dejar que un hombre inocente muera en la cruz.» Cristo en este punto era simplemente un hombre, y para él era como para mí cuando viene el Demonio y dice: «Eres mío.» Después de ser afrentado Cristo, el sol se oscureció y la tierra tembló. Si una conciencia inquieta tiembla de horror ante el crujido de una hoja llevada por el viento, ¡cuánto más terrible debe de haber sido cuando el sol se escondió y la tierra tembló! Cristo se sintió arrastrado a un grito de desesperación: Las palabras están registradas en la lengua original para que podamos sentir la absoluta desolación: Eli, Eli, lama sabachthani!, «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» Pero observad esto: la oración del abandonado empieza con «¡Dios mío!» El grito de desesperación era una confesión de fe.
No es sorprendente, pues, que Lutero, en el año de su más profunda depresión, compusiera este himno:
Castillo fuerte es nuestro Dios,
Defensa y buen escudo;
Con su poder nos librará
En este trance agudo.
Con furia y con afán
Acósanos Satán;
Por armas deja ver
Astucia y gran poder,
Cual él no hay en la tierra.
Nuestro valor es nada aquí
Con él todo es perdido;
Más por nosotros pugnará
De Dios el Escogido
¿Sabéis quién es Jesús?
El que venció en la cruz
Y pues el solo es Dios,
El triunfa en la batalla.
Aún si están demonios mil
Prontos a devorarnos
No temeremos porque Dios
Sabrá aún prosperarnos.
Que muestre su vigor
Satán y su furor;
Dañarnos no podrá
Pues condenado es ya
Por la Palabra Santa.
Sin destruirla dejarán
Aún mal de su grado
Esta palabra del Señor
El lucha a nuestro lado.
Que lleven con furor
Los bienes vida honor,
Los hijos la mujer…
Todo ha de perecer…
De Dios el Reino queda. (2)
(2) Traducción de J. B. Cabrera.